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Reflexiones a los 28

Siempre me llamó la atención el mundo. Se rumora que cuando tenía unos 3 años, papá ponía el dedo en alguna parte del globo terráqueo y yo decía el nombre del país que estaba señalando. Casi siete años después, desarrollé una especie de obsesión por las banderas del mundo: las memoricé, las recortaba de los diccionarios y dibujaba todas, una y otra vez.

En primaria me encantaba Trotamundos, un programa donde me mostraban qué había en aquellos países que me señalaron de bebé. Un día le dije a papá que yo quería ese trabajo. Me vio con tanta determinación que me tomó en serio, y me recomendó que les escribiera para conocer los requisitos. Obvio uno de ellos era cumplir la mayoría de edad, así que el sueño tendría que esperar.

Y así puedo dar varios ejemplos. Pero conforme vas creciendo, aprendes convencionalismos y limitantes de tu sociedad. Te venden la idea de que viajar es un premio, un lujo bien merecido para descansar de un trabajo “real”. De pronto te encuentras eligiendo una profesión convencional, segur@ de que tomaste el camino que siempre quisiste y soñaste, el que te hará feliz, cuando en realidad sólo elegiste entre las opciones que te dejaban encajar.

Por suerte, en este universo pasan cosas raras, cosas que te empujan constantemente a quitarte la máscara, sacudirte el miedo y aceptar que la cajeteaste al elegir. Me pasó por primera vez leyendo El Alquimista (por unas horas consideré seriamente volverme pastora de ovejas). Después, cuando planeaba hacer una maestría en mercadotecnia y de pronto me llegó información sobre la Working Holiday Visa en Nueva Zelanda, no sé cómo explicarlo pero mi corazón latió diferente y en menos de un segundo sabía que me iría.

La tercera vez fue en la isla de Waiheke [guaijiqui], donde conocí una familia que dejó todas sus comodidades en Cancún para cumplir su sueño de viajar y en donde Coelho se hizo presente de nuevo con su “viajar nunca es cuestión de dinero, sino de coraje“. Y a pesar de todas las oportunidades y sacudidas que me llegaban, yo seguía necia con el camino convencional.

Hoy estoy a punto de terminar mi segunda carrera, una que AMO y que me ayudará a cumplir mi otro sueño (del que ya les contaré después), pero fue recientemente que -por fin- fui valiente y acepté que haga lo que haga, nací para construirme de culturas, para vivir en todas partes, para trotar por el mundo, rica o pobre, who cares?

Fue en ese instante de valentía que compré mi primer boleto de autobús en años (que no fuera para visitar a mis padres); no había nada qué esperar, no hacía falta cruzar fronteras ni ahorrar una millonada, bastaba un fin de semana para cerrar el trato; y desde entonces he estado viajando de vez en cuando.

Por lo pronto sólo puedo aprovechar uno que otro fin de semana, ahorrar lo que pueda de mi presupuesto de estudiante y usar opciones de muy bajo costo. Pero les juro que nada de eso me importa, me sobra con ver, estar, absorber. Y no saben la diferencia, es casi como vivir enamorada ayer, hoy y mañana.

Así que si no se sienten así, si sólo esperan el fin de semana: empiecen a ser honestos con ustedes mismos, la mayoría ya lo sabemos pero nos hacemos bien weyes; cuando logren descubrir su verdadera pasión o vocación o como quieran llamarle, tengan el valor de hacer algo al respecto (aunque eso signifique reprobar todas sus materias, por ejemplo xD).

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