Mi historia con un pakistaní

31 de diciembre de 2010. Esta vez tocaba festejar porque en Navidad preferí quedarme en casa y dormir temprano. Llevaba casi 2 meses en Auckland pero en realidad no tenía con quién celebrar. Santiago y los demás se habían ido al sur en busca de trabajo, yo vivía en un cuarto del departamento (o habitación de hotel, jamás lo tuve muy claro) de una madre soltera y su hijo, esperando conseguir un trabajo en algo que no fuera labores de campo. Ese día, Gale y Kane se durmieron temprano, abrí una botella de vino y prendí la televisión.

Casi al cuarto para las 0:00 horas y con la botella semi vacía, se presentaban dos opciones: dormir o salir. Todos sabemos que de haberme dormido, este post terminaría aquí y el título no tendría sentido.

Vivía en una calle paralela a Queen St., la avenida principal, así que sólo tuve que caminar una cuadra para llegar a la fiesta masiva. A las 12 en punto, empezaron los fuegos artificiales desde la Sky Tower, mientras personas de todas nacionalidades gritaban, se abrazaban, brindaban y fotografiaban la cantidad de gente que festejaba esa noche.

Recorrí unos cuantos metros y me quedé observando a un grupo de indios en círculo abrazados, bailando y cantando, era hipnotizante, o talvez era el vino. El caso es que mientras grababa la escena, uno de los muchos espectadores se me acercó y me dijo (en inglés):

Desconocido – ¿Es una locura verdad? ¿de dónde eres?
Yo – (asentí) De México ¿y tú?
Desconocido – Pakistán

La verdad es que en cuanto lo vi empecé a buscar formas de escapar porque el tipo no se me hacía guapo (espero jamás llegue a leer esto jaja), pero después de esa respuesta, lo único que pude pensar es: ¿dónde rayos es Pakistán? y, ¿no es uno de esos países llenos de terroristas? En efecto, para quien no se ha ubicado, aquí está Pakistán:

Vamos, yo sé que les suena, esa frontera con Afganistán lleva años siendo un foco rojo, incluso ahí nació la famosa Malala. Tres tiros en la cabeza a una niña de 12 años debe ser suficiente prueba del peligro de la zona. Claro que en ese entonces, sólo tenía una muy vaga idea de lo que pasaba y de por qué pasaba.

N no usaba turbante ni cosas por el estilo, vestía igual que cualquier chavo que conociera, pero lo que platicaba… eso no lo sabía cualquiera. Así que después de unos minutos hablando de su vida y de la mía, me invitó a un club cerca del puerto. Creo que íbamos con sus primos, las lagunas mentales no me dejan enfocar bien el entorno.

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Degree Gastrobar, el club al que fuimos, aunque en realidad esta es una suposición por la fecha y hora de registro de la fotografía.

Acepté, pagó el cover (por suerte, porque no me había bajado ni un centavo del departamento), bailamos, bebimos y al final él y uno de los primos me acompañaron de vuelta. Me safé de que se enteraran en dónde vivía realmente porque en el último instante decidí que podía ser peligroso ¬¬. Le dije adiós segura de que no volveríamos a vernos.

Al día siguiente encontré una foto de los dos guardada en la cámara, así que por lo menos podría recordar su cara. Como a media mañana me llegó un mensaje al celular diciéndome lo bien que se la había pasado. ¿En qué momento le di mi número? ¡Ni siquiera yo me lo sabía!

Actualmente se han hecho más conocidas las costumbres de la cultura musulmana. Nosotros dos jamás tocamos el tema de la religión, pero el país se llama República Islámica de Pakistán, así que asumo que él y su familia profesan el islam. De haber estado expuesta a la información con la que nos bombardean hoy, tal vez me hubiera largado enseguida de ahí. Alguien que proviene de un lugar en donde es normal desfigurar a las mujeres por el simple hecho de estar en desacuerdo con sus decisiones, no puede traer nada bueno. Y es aquí en donde agradezco haberlo vivido en un momento en el que no tenía prejuicios; a veces la ignorancia tiene sus ventajas.

Una persona no es su país, no es su religión, y mucho menos es lo que sus compatriotas hacen. El mundo está como está por andar tomando posturas sin fundamentos. Si algo les puedo recomendar es que descubran a cada persona, aprendan de ellas, comprendan sus circunstancias y ya después usen su criterio para decidir qué tan cercanas las quieren.

N y yo volvimos a salir. Me llevó a mi primer golfito miniatura en donde lo hice pedazos, por cierto. Después, cuando tuve que irme de Auckland cargando sólo unas cuantas cosas en mi backpack, él se encargó de guardar mi maleta gigante junto con todas mis chivas hasta que volviera a la ciudad varios meses después. De verdad que no sé qué habría hecho de no haberlo conocido. Siempre se portó increíble.

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Jugando en mi primer mini-golfito

El día anterior a mi regreso a México, lo vi por última vez. Fuimos en la noche al parque con un six y, ahí, sentados en una banca con vista a la ciudad, conocimos a unos chavos que llegaron de la nada a compartirnos la causa de que un tipo, que me recordó a Sick Boy (Trainspotting), se acabara de tirar al suelo con cara extasiada. Pero esa ya es otra historia.

Siempre pienso en lo que hubiera pasado de haberme quedado a dormir aquel día: absolutamente nada. Y Nada es el enemigo número uno de mi colección de historias.

Hasta la fecha todavía seguimos en contacto, así que ¿quién sabe?… tal vez haya una segunda parte 😉

Hace poco le pregunté si se acordaba de cómo nos conocimos, en parte por tener más datos para esta entrada, pero sobre todo, mi curiosidad moría por saber qué tanto recordaba después de casi 6 años. Les dejo lo que me escribió. ¡Hasta la próxima!

nom

 

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